¡SAHARAUIS!: TODO ERA CIERTO

Se llamaba Hiroo Onoda y fue un soldado de inteligencia japonés. En el año 1944, acabando ya la Segunda Guerra Mundial, fue enviado a Lubang, en Filipinas, para espiar a las fuerzas norteamericanas. Allí los aliados vencieron a Japón, pero Onoda tenía órdenes y, como buen militar, se escondió en las colinas para proteger su encomienda. A pesar de que la mayoría de las tropas japonesas ya habían perdido o se habían rendido, él siguió escondido con un grupo de soldados, haciendo caso omiso a los mensajes que decían que la guerra había terminado. No podía creerse que esos mensajes fueran ciertos. Confiaba en la victoria de los suyos y no pensaba dar crédito a ninguna “propaganda” sin que un superior le confirmase la retirada de su posición.

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Sobrevivió durante 30 años como pudo y, por diferentes circunstancias, fue perdiendo a sus compañeros hasta quedar solo. En 1974 le persuadieron para que se rindiera y dejara el lugar. Su comandante fue hasta allí y le liberó de sus deberes militares. Pero lo vierto es que Onoda había permanecido tres décadas escondido en la selva filipina esperando, engañado por su propio espíritu patriótico y su deber militar.

Pues cuando pienso en el pueblo saharaui, que permanecen en campamentos a las afueras de la ciudad argelina de Tinduf, siempre me viene, de manera recurrente, la historia del bueno de Hiroo Onoda. Quizás sea por verlos completamente fuera de su tiempo, ofuscados en una idea que no avanza y ajenos a una realidad que no quieren creer. Esos campamentos, creados hace 41 años, ya sólo son un vestigio de la Historia, de épocas y guerras pasadas. El último reducto de la convicción de una resistencia pacifica. Como el teniente japonés Onoda, los saharauis han interiorizado las órdenes de sus mandos militares y siguen con fe ciega a un Frente Polisario que hace mucho tiempo que dejó de velar por ellos. Esta guerra también acabó.

Han sobrevivido durante todos estos años gracias a la ayuda humanitaria internacional y al apoyo político del país que los acoge, Argelia, que siempre los ha utilizado para sus fines geoestrategicos. El Frente Polisario, erigido en autoridad absoluta, maneja a su antojo a los abnegados saharauis, que ya van por su cuarta generación. Con ideología marxista-leninista, considera a la población sus “soldados” de una “causa sagrada”, cuyo objetivo se persigue de palabra sin hechos, sin adaptaciones a los tiempos, sin energía y sin innovación.

Como en el caso de Hiroo Onoda, resulta impresionante comprobar que estas personas, que son tratados como refugiados pero no se les reconoce oficialmente como tales, permanezcan ajenos a los cambios que se han producido en todo este tiempo. Obviamente, ayuda el hecho de que sus autoridades les han mantenido convenientemente apartados de la realidad. Ni censo de población hay. Lo consideran “secreto de Estado”, dato confidencial que debe mantenerse oculto por motivos de seguridad. Al Frente Polisario se le acusa de inflar la cifra de “refugiados”, que para ellos ya alcanza la cifra de 200.000. Sin embargo, las oficiales de ACNUR (calculadas sobre imágenes aéreas con cámaras infrarrojas) calculan que no superan  las 70.000 almas.

Y, hasta hace bien poco, han permanecido aisladas, incomunicadas y recibiendo como única información la difundida por ese régimen. Sus consignas y su propaganda. Resulta casi increible que se hayan podido mantener así tanto tiempo, clasificando todo entre “a favor” o “en contra” de la causa del pueblo saharaui. Blanco o negro. Amigo o traidor. Y el pueblo sabe que la cúpula dirigente del Frente Polisario, que no ha sufrido cambio alguno en cuarenta y un años, es corrupta y que ha logrado instrumentalizar a todo un Pueblo en su propio beneficio. Saben que son los hijos y familiares de los dirigentes los más favorecidos y que existen enormes diferencias. Por supuesto, el Frente Polisario vive de eso. Nada ha cambiado en 41 años. Ni siquiera ellos.

Sometidos a un régimen que monopoliza el discurso político, con procedimientos de control mental heredados de la antigua URSS, asegura que la población siga a sus líderes del Polisario, cuya sombra es alargada. El “Movimiento” está presente en todos los ambitos de la vida en los campamentos. Hasta hacerse uno sólo con los habitantes de los campamentos, que proclaman de forma casi sectaria que “todos somos el Frente Polisario”.

Pero nada más lejos de la realidad. Las autoridades no viven como sus utilizados, a base del saqueo de las ayudas internacionales destinadas a la población. Y esas reivindicaciones políticas que abanderan no son más que un farol. Un cuento para que los saharauis sigan. Una zanahoria para que todo continúe. La tierra prometida, por la que no se lucha, sino por la que sólo se espera y se resiste. Y por supuesto, donde se aplasta cualquier tipo de despertar o de oposición convenientemente.

Mantienen los campamentos en continua situación de emergencia. Y lo hacen con toda la intención. Así provocan la lástima de los Organismos Internacionales para recibir más ayudas. Que vuelven a ser desviadas hacia sus bolsillos. Entre medias hay niños que mueren. No hay Leyes efectivas, porque la única manera de controlar a esa poblacion ha sido el “dejar hacer”. El control de las tribus es casi total y las normas son las que ellos imponen: Sharia y leyes tribales. Consignas.

¿Cuánto tiempo seguirán así? Es difícil decirlo. Todo depende del tiempo que tarden en darse cuenta, como el bueno de Onoda, de que todo acabó. Y de que sólo han estado manejados, aunque, como le pasó a aquél soldado japones, no puedan creer que sea cierto. Y que de ese despertar social surgirá también la evolución, los nuevos caminos hacia la solución politica, porque después de cada guerra, siempre ha habido una reconstrucción. Con fe ciega no se ganan ni batallas.

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